En plena comarca de la Jara toledana, rodeada de dehesas y situada sobre un escarpado cerro que se yergue sobre el río Huso, poco antes de desembocar en el Tajo, nos encontramos con los restos de una enigmática antigua ciudad del siglo XI qué, desde el primer momento, nos atrapa con el misterioso hechizo que emana de cada una de sus piedras. Nos encontramos ante toda una ciudad musulmana detenida en el tiempo. Se la conoce como “Ciudad de Vascos”.

Se sabe muy poco de este sorprendente asentamiento, que empezó a excavarse hace poco más de 30 años. Nadie sabe cómo surgió este enclave musulmán, ni cómo se construyó, ni qué función cumplía. Tampoco quién lo habitó y con qué intenciones. Y se ignoran, sobre todo, las causas de su espectacular desarrollo allá por los siglos X y XI, cuando llegó a dar albergue a más de 3.000 personas.
Los trabajos arqueológicos comenzaron en 1975 y actualmente sigue en proceso de excavación, única forma de ir desvelando el misterio de este yacimiento, ya que hay una total falta de documentación sobre él. La opción más razonable apunta a que tan impresionante conjunto arquitectónico –la ciudad aparece rodeada por más de tres kilómetros de murallas- correspondería a una construcción hispanomusulmana destinada a defender y vigilar el paso del Tajo a los Montes de Toledo, una de las principales preocupaciones en la etapa del califato omeya. Así, Vascos habría sido edificada en torno al siglo X con el objeto de establecer allí una población permanente, casi con seguridad militarizada.
Igualmente es otro enigma el origen del nombre dado a la ciudad, y así han surgido diversas hipótesis: que procediera de ser en un principio la antigua capital de los vacceos, pueblo de origen celtibérico; que fuera una deformación fonética de su denominación árabe, se cita concretamente la palabra Basak de la época califal; que se deba a la repoblación qué, tras la conquista de Talavera en el 920, hicieron los condes castellanos trayendo colonos vascos. Sea como sea, no hay ninguna prueba documental que avale una u otra.
La primera vez que tuve noticia de la existencia de este lugar fue en un artículo periodístico que recomendaba su visita desde el punto de vista de un recorrido a pie, seguramente más pensado para disfrutar de un paseo, por un curioso entorno de bosque mediterráneo, que otra cosa. Por ese motivo conocí el yacimiento y quedé asombrado ante los restos, su misterio y sus vistas. Efectivamente, el entorno en el que se encuentra es espectacular y por todo ello aconsejo qué, quien pueda hacerlo y le haya despertado la curiosidad por el sitio, no deje de hacerlo.
Al encontrarse en una finca privada, el acceso al recinto no es tarea sencilla. Aun así, las visitas deben efectuarse por propia iniciativa, exclusivamente los sábados de los meses de excavaciones, entre julio y octubre. Para llegar, el visitante debe tomar la carretera que conduce desde El Puente del Arzobispo a La Estrella, cruzando el extraordinario puente sobre el Tajo que mandara construir don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo y duque de Estrada, en el siglo XIII. Frente al cruce de Navalmoralejo (término municipal al que pertenece el asentamiento) sale un camino de tierra que discurre durante varios kilómetros hasta llegar a Vascos.







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