

Esta obra del pintor español Julio Romero de Torres ilustró el billete de cien pesetas del Banco de España hasta 1978, y presenta dos historias curiosas: por un lado, el haber permanecido en lugar desconocido durante años, y su posterior hallazgo; la otra historia, es la de la mujer que sirvió al artista de modelo.
El cuadro representa a una chica morena de ojos negros con el pelo recogido apoyada en un cántaro plateado. Es una de las obras maestras del pintor, terminada a finales de 1929, poco antes de morir, en mayo de 1930. Se sabía que Julio Romero de Torres lo había expuesto para su venta en febrero de ese año, en Sevilla, en la Exposición Iberoamericana, y que un coleccionista de arte lo compró. Y ahí se perdió el rastro. Y sin embargo, no hay español mayor de 40 años que no sólo no recuerde el escorzo y la mirada de la mujer, sino que no la haya tenido en sus manos: en 1953 ilustró el dorso del billete de 100 pesetas marrón que circuló hasta 1978. Naturalmente, para su edición no se utilizó el original en color, que seguía en paradero desconocido, sino una fotografía en blanco y negro que Romero de Torres le hizo a la pintura antes de venderla. Aparecido en 2006 en poder de un colecionista argentino en Buenos Aires quien deseaba que la obra fuera autentificada para su venta posterior, tras ser verificado por una de las mayores conocedoras de Romero de Torres, Mercedes Valverde, directora de los museos municipales de Córdoba, se subastó a través de Shoteby’s el 14 de noviembre de 2007, siendo adquirido por un comparado privado anónimo que pagó por él 1.173.375 euros.
La leyenda del cuadro trascendió a la modelo, María Teresa López, que tenía 17 años cuando el pintor la pintó a
brazada al cántaro. Meses después la volvió a retratar, junto a un brasero, atizando el picón, en otro cuadro célebre que se conserva en su museo en Córdoba y que fue el último que pintó. A la muchacha, desde entonces, se la conoció como La chiquita piconera, y su historia se mezcló con la del cuadro de tal manera que desbarató su propia vida. Arrastró siempre el chisme -cierto o no- de que fue la amante del pintor. A ello contribuyó el carácter y la fama de Romero de Torres: mujeriego, bebedor, compañero de tertulia bohemia de Valle-Inclán y Ramón Gómez de la Serna, amigo de los toros y las juergas. Por la calle la insultaban.
La mujer que con el correr del tiempo se convertiría en la morena de la copla y en el rostro de los billetes de 100 pesetas aseguró en varias entrevistas antes de morir que posar para Romero de Torres constituyó el origen de las varias desgracias de su vida, pues jamás logró desprenderse del sambenito de mujer fácil en una sociedad hipócrita y santurrona que no la perdonó. Se casó con un hombre que la quiso prostituir y del que terminó huyendo y acabó ganándose la vida de costurera. Murió en 2003, después de que en 2000 Córdoba la homenajeara como la chica del cuadro, la muchacha que nunca dejó de ser a pesar de que murió con 89 años: La chiquita piconera y La Fuensanta.
Pero se ha hablado de “otra piconera”. Su pista se pierde en septiembre de 2002, en un artículo firmado por Aurelio Marítn en EL PAÍS: “En una residencia de ancianos de Riaza (Segovia) vive de
sde hace 14 años Concepción Cabezón, de 97 años, que fue modelo del pintor cordobés durante sus últimos años de estancia en Madrid. Aunque la mujer es incapaz de recordar para qué cuadro posó exactamente, tanto sus compañeros de asilo como varios medios de comunicación locales le atribuyeron tradicionalmente la figura de la modelo que inspiró al pintor cordobés para pintar su cuadro más famoso: “La Chiquita piconera”. Concepción recuerda que se encontró con Julio cuando paseaba un día por Madrid junto a su madre y éste salía de un café en compañía de sus amigos. En un momento dado la miraron y empezaron a hablar de ella. Al pasar, la entonces muchacha se volvió hacia él y le dijo: “Usted es pintor”. “¿Cómo lo sabes?”, contestó él. “Por su forma de andar”, afirmó ella riendo. Entonces el artista la citó en su estudio al día siguiente para retratarla.”
“Se portó muy bien conmigo y no intentó tocarme en ningún momento. Ya estaba enfermo porque tosía mucho y me mandaba fuera cuando tenía que echarse por un dolor que tenía en la tripa. Me pagaba dos pesetas por sesión. A mí me gustaba estar allí porque era un sitio muy tranquilo”, recuerda la anciana. Aunque la mujer no sufriera ningún acoso por parte del pintor, sí acabó enamorándose de uno de sus mejores amigos, el escultor Victorio Macho, de quien fue amante hasta la muerte de éste, a mediados de los años 60. Sin embargo, el Alzheimer que padece la anciana hace difícil precisar para qué cuadro llegó a posar.”
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