Yo normalmente, y supongo que muchas otras personas, cuando he metido la pata, me he equivocado y he podido ocasionar algún daño o percance a alguien, aunque haya sido involuntario, me siento bastante mal. Vamos, que me remuerde la conciencia y no puedo dormir bien ni dejar de pensar en mi responsabilidad.
Pero, sorprendentemente, me temo que esta reacción “normal” y “humana” no se produce en otro tipo de gente, políticos, próceres, responsables administrativos, padres de la Iglesia y similares.
Me hago esta reflexión casí siempre que leo determinadas noticias en la prensa, por ejemplo, ese gerente del Hospital 12 de Octubre de Madrid, quien en la investigación sobre la merte de 18 pacientes en la UCI presumiblemente tras un brote infeccioso, niega que ésta haya sido la causa, negativa que ya había hecho hace un año el hospital. O esos magistrados que ahora parece ser que se alarman por los efectos que pudieran derivarse de la acumulación y caos de sus juzgados. Y no hablemos de los jueces que, tras las multiples denuncias por maltrato no han visto indicios suficientes para tomar medidas. O ese exministro de Defensa y algún jefe militar que no supieron en su momento de la precariedad de los vuelos contratados para el transporte de tropas, con la consiguiente perdida de vidas humanas. Y que decir de esas jerarquías eclesiásticas que desconocieron, o en otros casos no tomaron medidas, sobre los casos de abusos de menores y pedofilia, o que desaconsejan el uso de profilacticos aunque el sida cause estragos mortales. Y los responsables, autonómicos o de otras instituciones, que maquillan y manipulan las listas de espera de la sanidad pública en beneficio de (sus) intereses políticos, no importando que haya pacientes que se queden en el camino de espera, o peor, que no reciban los cuidados paliativos mínimos para la dignidad humana. Y así, desgraciadamente, podría hacerse una lista interminables de malas praxis con resultados verdaderamente trágicos.
Y en todos estos casos, “no pasa nada”, es una simple y burda maniobra de acosos del contrario, del desafecto, que sólo busca dañar su imagen. Pero ellos, honrados y preclaros, hombres (y mujeres) sin tacha alguna, representantes impolutos del poder político o espiritual, están por encima de esas miserias. Y, en consecuencia, duermen a pierna suelta, sin el menor asomo de plantearse una mala actuación, y mucho menos de arrepentirse de nada.









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